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Compartir o competir

¿Qué nos ha hecho humanos, la competencia o la cooperación? Mala pregunta. Como mucho, admitiría la siguiente: ¿qué nos ha hecho MAS humanos…? La primera no querría responderla, la segunda… ya me gustaría. Pero, me encuentro muy cómodo entre Charles Darwin (La Evolución de las Especies) y el Príncipe Piotr Kropotkin (El Apoyo Mutuo).

La competencia, por un premio, un reconocimiento, un valor por generar, noblemente ejercida, multiplica los frutos de la natural curiosidad y el ingenio de los individuos. El falseamiento de la competencia, mediante el monopolio, la información privilegiada, el tráfico de influencias y la corrupción, disminuye los frutos alcanzables, neutraliza el ingenio de los más hábiles y creadores, niega las legítimas aspiraciones de gentes que se esfuerzan en vano. Sí, la competencia puede ejercerse noblemente, no es “mala” per sé, sino todo lo contrario.

La cooperación, noblemente ejercida, permite que quien se esfuerza y no llega participe en la medida de sus capacidades y comparta en la medida de sus necesidades. Protege al grupo de avatares y riesgos, mutualiza estos riesgos, selecciona la buena genética colectiva. El falseamiento de la cooperación mediante el abuso de los compactos sociales, el ordeñe de los recursos colectivos, la pretensión a derechos injustificados o infundados, destruye valor social y confianza en las instituciones. Sí, la cooperación puede ejercerse innoblemente, y cualquier acto cooperativo no es “bueno” por el mero hecho de utilizar esta denominación.

Compartir o competir. Hay del sujeto que solo se expresa por uno de estos extremos. La probabilidad de que sea un ser puro es muy baja, y lo más probable es que sea un amargado y un fastidio para todos. Todos, o casi todos, tenemos una mezcla de estas dos pulsiones por la sencilla razón de que ambas son rasgos evolutivos y porque, en una u otra medida y dosificación, ambas, en tensión selectiva permanente, nos han hecho humanos.

Aterrizo. La “economía colaborativa” está siendo all the rage, admitámoslo. A veces digo, no sin algo de irónico desdén, ¡qué bonito es compartir! Para, a continuación, decir que muchos, pero muchos, entienden la famosa colaboración como un idílico “intercambio de semillas” en el que nadie paga impuestos. Pues no.

La economía colaborativa no está reñida con los impuestos, salvo en la mente calenturienta de los polizones, los que falsean la cooperación. El problema es que las regulaciones y los reguladores, inventos del S.XX, todavía no se han enterado de que toda transacción humana que genere valor puede someterse a fiscalidad, siempre y cuando (y solo sí) deje traza. Volveré sobre esto.

Un caso bien real que se denomina muy a menudo de economía colaborativa es Airbnb. Ojo, mucho de lo que se llama economía colaborativa no lo es. Para empezar, el anterior ejemplo NO es tal cosa. Es decir, Airbnb es una plataforma que pone en contacto (intermedia mejor, luego lo explico) a arrendatarios efectivos (no necesariamente propietarios) de apartamentos y viviendas turísticas con arrendadores potenciales. Esta actividad no es economía colaborativa, como tampoco lo es Cabify o la mayor parte de la actividad de Uber (excepto Uber Pop, en los EEUU y otros países que aceptan este servicio, España no), por la sencilla razón de que los anfitriones y usuarios de Airbnb no comparten sus apartamentos, sino que se los alquilan entre sí. A un precio, y por cuya operación la plataforma percibe una comisión.

Si la plataforma instrumenta el valor completo de la transacción, como hace Airbnb, percibiendo del usuario el precio de la misma y liquidando luego la parte convenida al anfitrión, entonces está intermediando la operación. Pero si la plataforma solo pone en contacto a oferentes y demandantes, estos cruzan directamente el pago ente ellos y aquella les gira, a uno, a otro o a ambos, sendas facturas por sus servicios, entonces, la plataforma, en vez de ser un intermediario es un mero facilitador del encaje entre la oferta y la demanda. En cualquier caso, quien denomine a este tipo de operaciones economía colaborativa no sabe lo que dice.

Cuando Uber Pop (uno de los servicios de Uber), en los EEUU, pone en contacto a gentes que quieren compartir sus vehículos (no compartir un vehículo de servicio arbitrado por Uber, que eso lo hace Uber Share, otro servicio de Uber) entonces si se puede hablar, en parte, de economía colaborativa. Una economía que genera valor puro, entre particulares, que ni pagan impuestos ni se lo piensan (aunque pueden llegar a compartir los gastos de la gasolina), y que se mezcla con la economía puramente crematística encarnada por las tarifas que Uber Pop cargará a uno u otro, o a ambos, intervinientes.

Bueno, espero que hayan percibido claramente que lo que tan cándidamente denominamos a menudo economía colaborativa, en general, no lo es.

Los impuestos ahora. Airbnb es, de nuevo, el caso perfecto. En Holanda, la plataforma está obligada a liquidar los impuestos personales de sus anfitriones, al tiempo que les liquida a ellos su parte del precio del alquiler pagado por el arrendador, descontándoles naturalmente los impuestos liquidados en su nombre a las autoridades fiscales de ese país. Es decir, las plataformas , hablando en general, aceptan sin problemas pagar tanto sus impuestos, como los de los agentes a los que intermedian (no los de los agentes a los que no intermedian, recuerden) si las autoridades locales se lo “solicitan”.

Pero en España, Airbnb no está obligada a liquidar los impuestos personales (el IRPF) de sus anfitriones, y demasiado hace colgando en su web una recomendación para que ellos lo hagan por sí mismos. El resultado de esto es que muchos, pero muchos anfitriones de Airbnb no pagan sus impuestos. Pero Airbnb sí paga los impuesto que le corresponden. Porque a eso sí le obligan las autoridades del país en el que tiene su sede, por derecho europeo. Si los anfitriones españoles de Airbnb no pagan sus impuestos, ello no es culpa de la plataforma, sino de las autoridades fiscales españolas. Y así, en general, con todas las plataformas, sean de economía colaborativa, que hay muy pocas, o no.

Es muy bonito compartir, pero si todo se comparte y nadie paga impuestos, ¿cómo vamos a tratar a los papás de los compartidores cuando se pongan enfermos y pagarles sus pensiones a los propios compartidores cuando se jubilen?

Aquí entra lo de la traza a la que me refería antes. Las plataformas tienen una tecnología maravillosa, que permite evitar el cochino efectivo y que se preserve inviolable la cadena completa de trazabilidad de todas las operaciones. Solo basta con hacerlo bien y no se hace, mejor dicho no lo hacen los responsables institucionales a los que les corresponde hacerlo. Solo faltan los que soliviantan a los agitadores para que se quejen de que las empresas digitales no pagan impuestos. No quiero ponerme estupendo ni darles ideas. Aquí lo dejo.