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Ganadores y perdedores… de la competencia

La competencia causa víctimas. Esto no es nada nuevo. Por eso hay tanta resistencia a la misma. Pero, en esencia, las víctimas de la competencia habría que asimilarlas a las víctimas de la libertad. La libertad es una aspiración universal, algo consustancial al ser humano. Por la sencilla razón de que es algo consustancial a la vida, cualquiera que sea la forma en la que esta se expresa.

Vuelvo al darwinismo. Aunque no soy darwinista, más bien admiro a Darwin. La mera espontaneidad hace que surjan millones de mutaciones, variantes e intentos en los organismos y las organizaciones que estos forman, en último caso la sociedad. Todo tiene tendencia al cambio y muchas veces dicho cambio consiste en la mera degradación de esos sistemas. Pero, también a menudo, ese cambio hace retroceder la deriva entrópica de la vida y los sistemas que esta forma contribuyendo a renovarlos a ambos.

En este proceso, se establece una sorda batalla entre las formas dominantes y las nuevas formas y unas acaban prevaleciendo sobre las otras. Hay ganadores y perdedores en todos los ámbitos de la vida, de los organismos y las organizaciones o sistemas. En todos.

Cuando hablamos de empleos, activos, empresas o intereses cualesquiera, hay que admitir que los procesos de emergencia de nuevos actores en los mercados deben desenvolverse en un marco de reglas que limite los daños de las transiciones. Pero también debe aceptarse que ese marco protector debe ser la contrapartida ineludible de un marco favorecedor que potencie los beneficios de las innovaciones exitosas.

La naturaleza regula a su manera ambos marcos que, a su vez, son evolutivos y que no sobreviven si su función no es productiva, como quiera que definamos la productividad que, en el límite, consiste en pasar la carga genética a las generaciones siguientes exitosamente.

Pero la sociedad humana (hay otras sociedades, no les quepa duda), viene creando desde tiempos inmemoriales marcos regulatorios entre los que se encuentran elementos favorecedores y elementos retardatarios de la evolución social y económica. Por eso, la historia económica está plagada de ejemplos en los que tribus, naciones, sociedades o civilizaciones prosperan o fracasan.

La emergencia de fuerzas de progreso o regresivas es una constante. Nada debería sorprendernos, pero nada debe complacernos tampoco hasta el punto en el que perdamos el punto de equilibrio en el que ninguna resistencia pueda impedir el verdadero progreso de la sociedad prevaleciendo sobre las fuerzas del retroceso.

El progreso de una sociedad se mide por la capacidad que esta exhibe para que el máximo de personas e intereses (el interés común, eventualmente) se beneficien de los avances materiales e institucionales que se van produciendo. A su vez, estos avances son fruto de un marco de libertad de creación, sin cortapisas. De manera que el problema que plantea el progreso es el de generar excedentes suficientes como para que merezca la pena.

Aún así, el progreso deja víctimas. Siempre lo ha hecho. Pero, en general, las ganancias del progreso son muy superiores a los costes, incluso si se hacen bien las cuentas (es decir, si se internalizan los costes externos). En estas condiciones, el problema anterior se complementa con el de encontrar las vías para compensar a los perdedores con una fracción de las ganancias obtenidas. Este no es un problema menor. Pues si los perdedores tienen capacidad de bloqueo podrán frenar el progreso incluso si el balance coste-beneficio es muy positivo para la sociedad.

No hay que rebuscar mucho por ahí para entender lo que quiero decir. Desde hace años, la sociedad española es testigo del denominado “conflicto del taxi”, que presenta en la actualidad uno de sus episodios más graves. Este conflicto es uno más, por especial que parezca, de los que se producen constantemente y en los que hay perdedores y ganadores. Estos procesos vienen caracterizados por tres rasgos comunes, que también se dan en el conflicto del taxi.

En primer lugar, se produce la emergencia de la tecnología que hace posible la remoción de barreras tradicionales que han perdido su razón de ser, pero que siguen siendo más o menos toleradas por la sociedad, aunque quienes se benefician de ellas las defienden ferozmente con la complicidad de sus reguladores. La tecnología actual, en efecto, rompe los denominados “monopolios naturales”, aunque en el pasado contribuyera a levantarlos. En el caso del taxi, la tecnología consiste en aplicaciones que han demostrado una increíble capacidad para ordenar la movilidad solo limitada por regulaciones obsoletas que impiden su pleno despliegue.

En segundo lugar, los potenciales perdedores, y enemigos naturales, de esta disrupción presentan estos avances como dañinos para la sociedad aduciendo los males que le sobrevendrían a esta si se llevasen a cabo las reformas que la innovación posibilita, como la apertura del mercado a nuevos operadores. Entre estos males figura el abuso de los usuarios por los nuevos operadores una vez desplazados los operadores establecidos que, al parecer son los grandes defensores de los usuarios. Esta forma de razonar es más bien perversa, cuando la posición dominante vigente solo se ha traducido en mejoras visibles para los usuarios ante la amenaza de la nueva competencia.

Tan beneficiosa ha sido la posición dominante de los operadores tradicionales para estos como ruinosa lo ha sido para la sociedad. De otra forma, no se explicaría el valor que los permisos administrativos para ejercer la actividad (las famosas licencias) han adquirido en el mercado secundario, poco transparente y a veces ilegal, en el que se intercambian estos permisos o el derecho a explotarlos, mediante cesiones o arrendamientos no permitidos. Este valor, de hecho, se puede amortizar varias veces en el curso de la vida media de una licencia antes de ser transmitida de nuevo gracias a las rentas de monopolio que procura a su explotador.

Por último, un tercer rasgo que caracteriza a los procesos de liberalización de mercados es la búsqueda de soluciones de compensación para los perdedores. Siendo esto, en mi opinión, lo más relevante, lo cierto es que en el conflicto del taxi no está siendo lo más importante.

Compensar… ¿a quién y cómo? No es sencillo abordar este capítulo. Pero esta vía es la única que parece funcionar para con-vencer a los que defienden la ciudadela monopolística antes del asalto final evitando daños mayores. No es sencillo porque el defensor de la plaza siempre cree que el momento de la caída esta muy lejos y cree en que el tesoro que guarda nunca perderá valor, sobre todo si le llegan los refuerzos regulatorios que ha solicitado, mientras que el atacante siempre cree en el valor superior de su empeño apoyado en la tecnología ofensiva que despliega.

Se ha demostrado, en numerosas ciudades del mundo, en gran diversidad de países, en las que las plataformas de movilidad actúan desde hace años en un marco regulatorio liberal, que los usuarios ganan sensiblemente en forma de menores tarifas y mayores opciones de movilidad, que la movilidad misma es más fluida y que el empleo no solo no se resiente, sino que aumenta, de la misma manera que mejora el medioambiente urbano. Esto se podría verificar en España también. El excedente generado puede, a su vez, generar recursos para compensar a los perdedores de la nueva regulación (básicamente, liberalización de las licencias), lo que se ha hecho en algunas ciudades desviando temporalmente una fracción del precio del trayecto a un fondo de reestructuración de las compañías afectadas por la desmantelación de las barreras de entrada. Hay muchas otras vías que, creo yo, merecería la pena explorar antes de cerrase en posiciones defensivas a ultranza que carecen de futuro.